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  • Inty Grønneberg

El nuevo político


El cambio de mando presidencial ha sido en gran parte de nuestra historia, un espacio de tiempo en el que el país vibra con una importante cantidad de positivismo. La llegada al poder de Guillermo Lasso no fue la excepción, puesto que adicionalmente a la energía típica de aquel momento, hubo puntos dignos de resaltar en su discurso de posesión. Entre ellos encontraremos, por ejemplo, el expresar la necesidad de que el Estado participe activamente en la lucha por la equidad de género, la apuesta de un desarrollo a través del impulso gubernamental al sector privado, o incluso el plantear la optimización del aparato estatal, en lugar de una reducción antitécnica y sin sentido. El país, el 24 de mayo, simplemente decidió dejar a un lado su crisis y se dio la oportunidad de soñar brevemente en días mejores.


Quizás uno de los puntos principales de su intervención fue el proponer que la ciudadanía se ha decantado hacia el Ecuador del encuentro; eslogan desarrollado y difundido ampliamente en su campaña de segunda vuelta, el cual, se encontraría dentro de la lista de los principales elementos discursivos que le permitieron la complicada victoria electoral del 11 de abril pasado, según varios analistas políticos. El salir de la polarización entonces, se convierte en una de las principales ofertas de campaña del nuevo mandatario, que fue acogida por la gran mayoría.


Es interesante reflexionar cómo la decisión popular, que muchas veces es considerada como inadecuada, termina prefiriendo en realidad ideas consideradas por varios pensadores dentro de los factores fundamentales para el desarrollo, entre ellas la siguiente: la división dentro de una nación aleja al verdadero progreso y provoca obstáculos para que una sociedad avance a la velocidad necesaria.


Este tipo de causas, como la de buscar superar la separación vigente, son sin duda objetivos loables y dignos de apoyar por todos. Se entendería además que este tipo de metas deberían ser impulsadas (e incluso presentadas a la opinión) por la nueva clase política, puesto que, al no estar inmersos en los odios políticos del pasado, podrían permitirse el lujo de buscar consensos sanos en terrenos altamente polarizados. Además de esta característica, podríamos añadir que la lucha por causas, más allá de las ideologías políticas, se encuentra dentro de factores fundamentales de acción para las generaciones millennials y subsiguientes, conforme algunos estudios sobre el tema.


Sin embargo, este tipo de causas fueron presentadas en campaña por el equipo de uno de los políticos experimentados que intentó por tercera y última vez llegar a la Presidencia. Los nuevos aspirantes, en cambio, se mantuvieron inmersos en satanizar las ideas del oponente y auto endilgarse la deseada presea del portador del bien y la verdad. Algunos se atrevieron incluso a designarse como los “outsiders” de la arena electoral.


En ese sentido, ¿de que sirve tener nuevos políticos, si cometen los mismos errores en campaña que los líderes del pasado, pudiendo así terminar igual o peor, si fuesen elegidos? ¿El empezar dentro de la lid electoral, sumada a la juventud, son factores suficientes para pensar que harían las cosas de forma diferente, sin terminar engrosando la larga lista de corruptos?


Mientras la nueva clase política en el Ecuador no tenga respuestas adecuadas a este tipo de interrogantes, se mantendrá como un sector de ideas frescas, pero sin propuestas que en verdad permitan el progreso que todos buscamos, dejando que el poder termine en quienes tengan la capacidad de proponer soluciones disruptivas, acordes al deseo del gran electorado. El impulsar el debate de ideas en el país, en lugar de plantearse como superiores desde la partida, puede ser un buen comienzo, que aporte al deseo colectivo de superar la división y el odio para sacar a nuestro país adelante.

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