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  • Inty Grønneberg

La pobreza tiene el rostro de una niña indígena


En el 2019, Esther Duflo, economista del MIT ganaba el premio Nobel en ciencias económicas por sus investigaciones sobre la pobreza a nivel global y sus potenciales soluciones. Logró este reconocimiento luego de cientos de estudios en decenas de países en cinco continentes. Entre sus resultados más importantes está la conclusión de que las personas pobres, a pesar de tener las mismas capacidades y aspiraciones que cualquier otro ser humano, terminan teniendo vidas injustas, llenas de dolor, sufrimiento y necesidades insatisfechas.


La pobreza, en palabras de Mahatma Gandhi, es la peor forma de violencia. En el Ecuador, esta problemática la viven día tras día los niños, en especial de los sectores indígenas. Sobreviven en un entorno en donde más de la mitad de las personas que les rodean son pobres, según datos del Ministerio de Inclusión Económica y Social. De todas aquellas criaturas, casi la mitad (4 de cada 10) sufren desnutrición crónica, según datos del INEC. Quienes padecen con este problema, pueden tener dificultades de aprendizaje, lo que al final puede generar que tengan mayores problemas para poder conseguir un empleo o formar un negocio. En síntesis, hace que les sea aún más difícil salir de la penuria.


De todos aquellos pequeños, quienes padecen más de la peor forma de violencia son las niñas indígenas. Según estudios del Instituto de Investigaciones Económicas de la PUCE, 9 de cada 10 niñas indígenas son pobres, viviendo en familias cuyos padres sobreviven con menos $2.65 dólares cada día. Esta es una cifra realmente alarmante, que en palabras del economista Andrés Mideros, hace que en el Ecuador la pobreza tenga el rostro de una niña indígena.


En este punto de la sociedad de la información digital, es difícil no poder entender que en nuestra república existe un racismo de carácter estructural, que se ha institucionalizado desde tiempos coloniales y se mantiene. Parte del resultado de esta cruda realidad son las movilizaciones del movimiento indígena, las cuales luego de más de 30 años están aumentando en cantidad e intensidad, afectando a otros sectores, quienes en respuesta se alejan cada vez más de las necesidades de los grupos vulnerables. Si la tendencia continúa, el país corre el riesgo de polarizarse a tal punto que termine por partirse.


Si comprendemos el por qué de este escenario, podremos entender la responsabilidad que tienen el Gobierno y los representantes de los pueblos y nacionalidades indígenas sobre el presente y el futuro de nuestra nación. Ambas partes se sentarán durante un plazo de noventa días para poder materializar el acuerdo al que llegaron y que puso fin, al menos de forma temporal, a 18 días de movilizaciones a nivel nacional.


Si el presidente y su gabinete, así como los representantes indígenas, no ponen por delante el dar soluciones al grave problema de racismo estructural que vive este país, incluso por encima de los puntos planteados por la CONAIE, el Ecuador puede terminar yéndose al despeñadero. Así mismo, cualquier desatino que termine afectando el proceso de diálogo, durante la frágil estabilidad que vivimos, puede escalar a puntos de no retorno.


La pobreza ecuatoriana tiene rostro de una niña indígena. Resolver esta dificultad debe ser la mayor prioridad del Estado, porque mientras no existan soluciones reales para los sectores más vulnerables, el país seguirá condenado al subdesarrollo. La inequidad, de la cual nuestros políticos solo se acuerdan en el paro o en elecciones, termina regresando a todos nosotros como movilizaciones nacionales, e incluso se puede traducir en violencia directa, puesto que, según especialistas como Johan Galtung, uno de los principales fundadores de la disciplina de estudios sobre la paz y el conflicto, puede ser además el detonante de problemas tales como la inseguridad, vandalismo y crímenes.

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