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  • Inty Grønneberg

Satanización histórica



El término satanizar es una palabra usada cuando queremos atribuir un valor diabólico a un concepto, pretendiendo muchas veces hacer notar que la simple noción de pensarlo es algo terrible, casi como un enorme pecado que condenará nuestras almas al infierno. Esa noción de intentar satanizar ideas, acciones, o incluso ideologías, ha sido una constante en el imaginario de nuestro país, a tal punto que ciertos planes de gobierno, además de muchos proyectos en los cuales nuestra nación ha invertido capital, han pasado a ser transformados desde la ilusión y la esperanza de sus creadores, hacia el definirles como perversos y dignos de ser olvidados por parte de sus detractores.


Esta costumbre, en lugar de ser nueva, viene siendo arrastrada desde los inicios de nuestra república, cuando en la estructura jerárquica colonial se pensaba que la autoridad sobre otros se justificaba como un derecho divino. Quienes han gobernado, muchas veces, se han auto percibido como la fuerza de la razón y el bien, mientras que a sus opositores como lo maligno y perverso. Cuando el péndulo político ha cambiado en la historia, gran parte de los nuevos mandatarios optaron por desarrollar su cosmovisión propia, en la cual todo el pasado fue oscuro, alejado de todo lo bueno, y por ende digno de la relegación y el desprecio.


Así pues, el país ha pasado a través de su historia en constantes procesos de autodestrucción y redescubrimiento, como la transformación desde el estado oligárquico de los terratenientes, en cuyo eje económico principal estaba el sector primario agroexportador, hacia el hasta ahora inacabado proceso de industrialización y diversificación de la matriz productiva. Mientras que, a otras sociedades, el proceso de cambio les tomó varias décadas, para el país ha significado siglos, y una de las razones es que, como si los recursos que tenemos sobraran, se dejaban abandonados proyectos de inversión de periodos anteriores, por el simple hecho de que eran ideas de los opositores y su pasado.


Esa costumbre se repite hasta la actualidad. Presumimos que todos los proyectos de gobiernos anteriores no sirven; y ahora con las redes sociales, todas las ideas de los candidatos de oposición deben, por defecto y costumbre, ser satanizadas. Aunque difícil, el país requiere redefinir su visión extrema del bien y el mal, y hacer del debate político algo coherente, si queremos progresar a la velocidad que nuestra nación requiere.

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