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Pensar en grande la agricultura ecuatoriana

  • Foto del escritor: Inty Grønneberg
    Inty Grønneberg
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura
Vista aérea del Campo de Dalías (El Ejido, Almería). Imagen de interempresas.net
Vista aérea del Campo de Dalías (El Ejido, Almería). Imagen de interempresas.net

Hace pocos días, The Guardian publicó un reportaje sobre Andalucía, en el sur de España, donde se encuentra la mayor concentración de invernaderos del mundo. Más de 30.000 hectáreas cubiertas por material sintético, donde se producen 3,5 millones de toneladas de vegetales al año, suficientes para alimentar a medio billón de personas, y una facturación superior a 3.000 millones de euros. Esta no es solo una imagen impactante, visible incluso desde el espacio. Es, sobre todo, la demostración de que la agricultura puede dejar de ser vista como una actividad aislada y convertirse en un ecosistema de innovación, empleo y desarrollo.


Al leer ese artículo, la pregunta aparece sola: ¿por qué Ecuador no podría pensar así de grande su propia agricultura? Porque lo más interesante del caso andaluz no es únicamente el volumen, sino todo lo que se construyó alrededor de él: investigación, control biológico, formación técnica, logística, empaque, comercialización y gestión del agua. En otras palabras, no se desarrolló solo producción. Se desarrolló una visión de desarrollo.


Y ahí aparece una verdad que en el Ecuador no siempre terminamos de asumir: ya somos una potencia agroexportadora. Solo en el primer trimestre de 2025, Ecuador exportó USD 1.116,1 millones en banano y plátano, USD 1.333,6 millones en cacao y elaborados, y USD 303,3 millones en flores naturales. Sumados, esos tres rubros alcanzaron USD 2.753,0 millones FOB en apenas tres meses.


La comparación es reveladora: solo banano, cacao y flores del Ecuador generaron en un trimestre casi el mismo valor económico que todo ese sistema produce en un año. Por eso, la diferencia no está en la capacidad de producir, sino en otra parte: en la habilidad social de convertir esa fuerza productiva en un ecosistema más sofisticado, más tecnológico, más limpio y con mayor valor agregado.


Andalucía deja otras lecciones valiosas al pensar en su ecosistema de agricultura eficiente. Por ejemplo, la importancia de la gestión del agua, una enseñanza que Ecuador debería estudiar con seriedad, especialmente en un contexto de mayor presión climática y de crecientes exigencias internacionales sobre sostenibilidad.


Pero también deja advertencias. El mismo reportaje recuerda que, pese a los controles y al reciclaje de buena parte del plástico utilizado, todavía existen rastros de botaderos a cielo abierto y residuos abandonados. Esa imagen importa, porque demuestra que no todo lo que genera escala merece ser copiado tal como está. Sin duda, la economía circular y la reducción del impacto ambiental pueden ser diferenciadores del modelo ecuatoriano a futuro.



¿Y si, en vez de seguir consumiéndonos en la disputa sobre quién es el villano de turno, comenzáramos a debatir cómo hacer del Ecuador el jardín de vegetales y alimentos sostenibles del planeta?



Imagen generada con IA: una visión del futuro del agro ecuatoriano, donde tecnología, sostenibilidad y conocimiento transforman cada cultivo en valor.
Imagen generada con IA: una visión del futuro del agro ecuatoriano, donde tecnología, sostenibilidad y conocimiento transforman cada cultivo en valor.

Ecuador tiene condiciones extraordinarias para aspirar a más: biodiversidad, variedad climática, productos de calidad reconocida y una base exportadora que ya demuestra escala. Lo que falta no es potencial. Lo que falta es convertir esa base en un proyecto nacional: una agroexportación sostenible de excelencia, con productos de alta calidad, menos químicos nocivos, menor huella ambiental, mejor trazabilidad, más innovación y mayor valor agregado.

Ese modelo solo será verdaderamente sostenible si corrige también otra deuda histórica: el precio justo para los agricultores. No se puede hablar de excelencia exportadora mientras el productor siga cargando buena parte del riesgo y recibiendo una parte insuficiente del valor que genera. Por eso será clave fortalecer modelos comunitarios, asociativos y cooperativos, que permitan a pequeños y medianos productores ganar escala, acceder mejor a tecnología, financiamiento y mercados, y capturar una porción más digna del valor de la cadena.


Porque el futuro del país no está solo en producir más. Está en producir mejor. Y, sobre todo, en hacerlo de una manera que genere prosperidad no solo para quien exporta, sino también para quien siembra, cuida la tierra y sostiene el agro desde el origen.

 
 
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