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  • Inty Grønneberg

¿Ecuador capitalista?


En 1776, el economista de origen escocés llamado Adam Smith, publicó la que probablemente se convirtió en la obra más importante en el mundo de la economía. Quizás consciente de su potencial le puso un título bastante vendedor: La riqueza de las Naciones. En dicho manifiesto, el visionario autor presentó argumentos que para la época eran muy novedosos; entre ellos se encuentra el siguiente: Cuando un propietario de tierras, un fabricante de telas o un zapatero (ejemplos muy de la época preindustrial), logran mayores ganancias de las que necesitan para mantener su propia familia, ellos usan los excedentes para dar empleo a más personas, incrementando aún más sus utilidades. A mayor ganancia, mayor reinversión productiva y por tanto mayores fuentes de empleo.


Aunque este enunciado nos pueda parecer actualmente casi como de sentido común (hemos escuchado muchísimas variaciones de la versión original), la propuesta en cuestión ha cambiado radicalmente a nuestras sociedades. En algunos casos, este concepto fue traducido en el imaginario de empresarios a lo largo de la historia de forma torcida, puesto que en sus procesos mentales decidieron reemplazar el concepto de reinvertir por el de acumular, volviéndose el retrato vivo del famoso personaje de Charles Dickens bautizado como Ebenezer Scrooge, quien sacaba sus monedas solo para contarlas, al que además tuvieron que asomársele hasta fantasmas en plena navidad para ver si en algo cambiaba su codicia.


Entonces, el argumento inicial de Smith viene cargado de un tipo de ética notable, siendo esta intrínseca a su propuesta, para que así se evite la hiper acumulación o los gastos efímeros excesivos. Esta visión propone que los recursos extra deben ser reinvertidos en procesos productivos, los cuales a su vez permitirán más utilidades y crearán finalmente más fuentes de empleo. Por eso el modelo resultante se llama capitalismo, al ser su razón primordial la reinversión en productividad, más no en la mera acumulación. En ese sentido, el concepto de capital significa el crear para una sociedad la cantidad suficiente de dinero, recursos y bienes disponibles, que a su vez generen capacidades productivas en sociedades, en lugar de solamente generar riqueza de unos pocos afortunados, la cual no se traduce en generación de fuentes de empleo.


Ese concepto tan fundamental para el capitalismo, de que las ganancias se reinvierten en procesos productivos, ha definido el destino de las sociedades. Así entonces, las historias de muchos países industrializados están llenas de grandes emprendedores que decidieron invertir sus recursos en las épocas más difíciles, generando así progreso. En Estados Unidos encontramos empresarios como Ford, Rockefeller, Carnegie, Morgan y Vanderbilt (por citar unos pocos nombres), que fruto de su reinversión de capitales en la que en aquel entonces era una región llena de problemas, acabó por convertirla en el país desarrollado que actualmente conocemos. Similares historias podemos encontrar en la Europa de post guerras mundiales, en donde muchos hombres y mujeres se dedicaron a reinvertir y diversificar las nuevas empresas que nacieron (o sobrevivieron) de la destrucción masiva de sus sociedades, pese a las condiciones horrendamente adversas. Hay incluso casos espectaculares de varias empresas niponas que surgieron de ciudades como Hiroshima, luego de las devastadoras consecuencias de las nefastas bombas nucleares detonadas en tiempos de guerra.


Acá en el Ecuador, cuando revisamos la historia productiva de nuestro país desde sus inicios, podremos encontrar una de las realidades más duras de nuestra tierra, que no nos gusta discutir y preferimos ignorar. Nuestra sociedad ha generado grandes riquezas a lo largo de su historia, pero la reinversión, de alguna u otra manera, no ha sido suficiente. Fuimos por casi un siglo los principales exportadores de cacao (desde el inicio de la república hasta casi la primera guerra mundial), pero esos recursos se acumularon en alrededor de 20 familias de nuestra costa, que era dueñas de más del 70% de plantaciones. Luego pasamos a ser los principales productores de banano por casi otra centuria, pero los recursos se acumularon en las poquísimas familias que eran las dueñas de la capacidad para exportar este producto fruto de modelos oligopólicos. En la época actual, ya vamos casi medio centenario con el petróleo liderado por el sistema público, pero la historia terminó siendo la misma. En este país no se reinvirtieron las suficientes utilidades en aumento de productividad, o de diversificaciones industriales, creando una verdad que es innegable: seguimos produciendo los mismos productos con los que empezamos en algún punto de nuestra historia.


Aquí no hemos tenido guerras mundiales, genocidios o bombas nucleares, que inclusive en otros países no detuvieron a sus emprendedores a reinvertir decididamente en pro del progreso. Las excusas que acá se escuchan quizás causarían asombro si fuesen contadas a los emprendedores de otras naciones en sus tiempos difíciles.


¿Es el Ecuador un país realmente capitalista? Saque usted, respetado lector, sus propias conclusiones.

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